
Estábamos impacientes por ver cómo serían los demás. ¿Les caeríamos bien?¿Y ellos a nosotros? ¿Haríamos amigos? ¿Nos gustaría alguien de otro país?¿Disfrutaríamos el viaje al máximo?. Todas esas preguntas se sucedían en nuestra cabeza, y la impaciencia por que llegara el día siguiente para conocerlos a todos era palpable. De momento ya conocíamos a los turcos, Eray y Mahmut, con los que habíamos compartido autobús de camino a Capo D'Orlando, pero faltaba el resto. Mientras nos acomodábamos en las habitaciones del hotel, nos asomamos a la ventana, que daba a un patio al cual comunicaban la mayoría de dormitorios. Recuerdo que las francesas se asomaron a su ventana y nos presentamos por ahí. Luego resultaron ser una panda de pijas prepotentes, pero en ese momento era pronto para calificarlas de ello. Mi compañera, Cari, habló con ellas en francés un rato y seguidamente se metieron para adentro, imagino que para seguir asentándose en su cuarto.
Después de eso fuimos a cenar unas pizzas riquísimas y muy grandes, si mal no recuerdo, y ya salimos por las cercanías del hotel, que estaba a pie de playa, lo cual era bastante agradable. Entablamos más amistad con los turcos, que no hablaban demasiado bien el inglés e iban con unas fotocopias a modo de chuleta a todas partes, nos intercambiamos los teléfonos, y ya estuvimos juntos hasta que se hizo la hora de dormir. Mañana sería un gran día y teníamos que estar descansados.


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